Charles de Gaulle International Airport

(Feliz año nuevo a todo el mundo).

Llegó el día 5 de enero y, por tanto, la hora de regresar a la normalidad después de los excesos de las Navidades. Y nada mejor para empezar el año que un viaje con complicaciones. El avión despegó de Bilbao con una hora de retraso, pero antes de salir ya nos dijeron que todos salían con retraso del Charles de Gaulle y que posiblemente daría tiempo a pillar el vuelo de conexión. Al llegar a París nos esperaba un aeropuerto nevado pero nada que no hubiera pasado antes. La primera sorpresa tras a llegar a la terminal fue que, según las pantallas de información, el vuelo a Southampton estaba retrasado hasta las 23:59 h. Definitivamente, sí había tiempo para tomarlo. Eran las 15:30 h.




La hora definitiva de embarque cambió un par de veces hasta que a eso de las 20:00 h. nos enteramos que el vuelo se había cancelado para poco después desaparecer de las pantallas sin que nadie nos comunicara que pasaba. Tras un rato de desconcierto los pasajeros se amontonaron delante de un mostrador y los de Air France se pusieron a entregar nuevas tarjetas de embarque para el día siguiente. Todo esto sin información oficial de ninguna clase y en medio de un descontrol absoluto.


Con la tarjeta de embarque recibimos un vale de comida que nos permitió comprar nada porque las dos cafeterías abiertas estaban totalmente desabastecidas y, aun así, apenas podíamos cambiarlo por una lata, un café o tres galletas. Lamentable.

Dormir en un aeropuerto es algo que pocas veces se olvida y esto es porque están diseñados para que precisamente nadie pueda hacerlo a no ser que se esté en coma. Si no pasa una máquina que hace un ruido infernal, la megafonía anuncia a todo volumen que no se sabe a que hora sale un vuelo pero que seguirán informando (“despertando”) en pocos minutos. Lo de los asientos de los aeropuertos es un tema para hablarlo aparte porque si algo es seguro es que nadie puede dormir sobre ellos. Para el que lo pretenda se convierten en potros de tortura en los que no se puede mantener la misma postura más de 10 minutos sin acabar con un terrible dolor de cuello, y para los demás, la alternativa es el suelo.



En resumen, 21 horas de viaje para ir desde Bilbao a Southampton en las que al menos se conoce gente interesante con la que echarse unas risas.




La sorpresa final es que la maleta no ha llegado conmigo y tengo que posponer los bocadillos de jamón ibérico unos días. Lo bueno de este asunto es que Air France paga hasta 100 euros diarios en ropa y artículos de aseo por cada día de retraso.

¿Sabéis que? Veo que mi armario esta vacío.